CINCO ARTISTAS EN LA BIENAL DE SHANGHAI

Andrés Fernández, Belén Sánchez, José Manuel Egea, María Lapastora, y Miguel García, participan en la XIII Edición de la Bienal de Shanghai.

Su obra se podrá ver en la Power Station of Art (PSA), el impresionante centro de arte contemporáneo de la ciudad, desde el 17 de abril al 25 de julio.

“Bodies of water” es el título de está edición que está comisariada por Andrés Jaque, junto a Marina Otero, You Mi, Lucia Pietroiusti, y Filipa Ramos.

Ramos

ANDRÉS FERNÁNDEZ. Madrid 1973

De entre el número considerable de mapas realizados por Andrés hasta ahora, llaman especialmente la atención los mapas del “Canal del Parto”.

Mapas que describen los lugares que recorre el canal hasta el nacimiento, en una trama difícil de descifrar por la superposición apretadísima de elementos y niveles de naturaleza y origen aparentemente distintos. La impresión es la de haberse comprimido en un único plano varias capas o dimensiones, en el intento de aunar una creencia  múltiple, que contempla la venida desde “el fondo oscuro”, desde “París”, desde “Sumatra”, desde el “mundo de los videojuegos”, o desde el Universo  entrando en la Tierra por el “Sistema Solar”, pasando por 58 ciudades de todo el mundo hasta llegar a Madrid, y finalmente por la línea de metro a la maternidad de Ríos Rosas, donde él mismo nació.

Ramos

BELÉN SÁNCHEZ. Madrid 1972

Belén Sánchez crea historias. Sus historias son diferentes versiones construidas alrededor de una secuencia que siempre se repite: agresión, curación y castigo de los malos.  Su cuerpo desnudo es el centro de la acción. Es su cuerpo el que va a sufrir la agresión y el que posteriormente será curado. Pero Belén no se coloca sólo en el lugar de la víctima, también los que curan y los agresores son ella. Suya es la bondad de los buenos y la maldad de los malos, y aunque al final el mal es reparado y los malos reciben su merecido castigo, Belén no tiene reparo alguno en entrar en la fascinación que la maldad tiene. No hay vergüenza ni pudor en su obra, no hay juicio y no hay culpa.  Y así Belén puede atravesar las sombras de la violencia, sumergirse en el goce que la violencia proporciona y salir resplandeciente de inocencia.

Ramos

JOSÉ MANUEL EGEA. Madrid 1988

La obra de José Manuel Egea da expresión a la metamorfosis del Hombre lobo. Imagen o visión sobrecogedora, que parece estarle dirigida únicamente a él insinuándole algo; algún vínculo o parentesco indescifrable que absorbe por entero su atención.

Es la ambigüedad de esta metamorfosis lo que fascina a José Manuel, visible en el tránsito que atraviesan sus dibujos entre lo masculino-femenino-animal, dejando al descubierto la presencia amenazante de un otro irreductible a orden moral alguno.

Algo dice en su disposición de ánimo al dibujar, que para José Manuel, no se trata sino de mimar una acción. La acción de entrar en trato con ese otro que le habita y le arrebata, sin estar en su mano poder eludirlo.

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MARÍA LAPASTORA. Madrid 1987

El tesón que María pone en poblar sus dibujos con una retícula cada vez más reducida, comparte con la labor en tela una muy parecida inercia de ensimismamiento y concentración sostenidas. De ahí que estos dibujos estén tan cerca del telar, de ser urdimbre y trama.

Dibujar, lo mismo que cualquier otro propósito, si es de verdad crea tiempo, y en torno a él un dentro, un interior propio, la casa, la concha en la que el animal se introduce. Sus dibujos son ejemplo de ese movimiento de meterse dentro de algo. Un movimiento que también delatan tanto el recogimiento de su postura corporal, como su total aislamiento.

Ramos

MIGUEL GARCÍA. Madrid 1989

 Es probable que lo que para Miguel significa dibujar, no sea otra cosa que aprovechar un medio apropiado para extraer de su memoria una imagen volátil, y fijarla en otro, no mudable ni ambiguo como la memoria, sino inalterable y persistente. De ahí la cantidad innumerable de dibujos donde Miguel verifica sistemáticamente esa operación, más cercana al número que a la imagen. Hablamos de colecciones enteras de dibujos que Miguel ordena y clasifica observando una jerarquía sólo por él conocida, seguramente dependiente de un orden mayor que aglutina el conjunto entero.

Hay un momento clave en la trayectoria de Miguel, donde se produce un hecho aún más esclarecedor, algo así como un movimiento de madurez en el que el artista se despoja del adorno para quedarse solo con la esencia. De un día para otro Miguel dejó de dibujar a sus personajes y pasó solo a nombrarlos, escribiendo sus nombres en larguísimas secuencias.